Juan Rosales cumplía 40 años el día en que su esposa, desgraciadamente, perdió la vida. Sentado en una de las bancas de la pequeña e improvisada sala de servicios fúnebres en el patio de su casa, sintió que el destino le había jugado una mala broma. Un par de días después, sus manos temblaban cuando se despidió de su mujer en un panteón cercano, le dijo adiós mientras sus dedos tocaban suavemente la dura piedra de la lápida con su nombre grabado en ella. Semanas más tarde, Juan cerró las puertas de su casa con llave y se acomodó los arneses de la mochila que llevaba en sus hombros. Tenía claro que buscaría otra vida y otros sueños, quizá guardaba la esperanza de que el destino fuera mejor jugador con él a partir de ese momento. Caminó por la avenida principal de su ciudad, mirando atentamente los escaparates de las tiendas y tratando de encontrar una ruta, un camino que lo llevara lejos de ese lugar. Miraba distraídamente el suelo de asfalto que su...